El Rosario según la Enciclopedia Católica, por primera vez en español.

Por primera vez en español.

Agradecemos a fatimamovement.com por poner al alcance de un clic la edición original de la Enciclopedia Católica. Thank you very much, buddy!

http://www.fatimamovement.com/036_RareBookScans.htm

Al final aparecen las páginas escaneadas de la Enciclopedia.

Traducción libre de la entrada de la Enciclopedia Católica, tomo #13. [entre corchetes aparecen algunas aclaraciones por parte de quien traduce].

El Rosario Capítulo I: En la Iglesia Occidental. [En inglés: Rosary, The. –I, In the Western Church]

En el Breviario Romano se lee “El Rosario es una cierta forma de orar en la cual rezamos quince décadas o decenas de Avesmarías con un Padrenuestro entre cada decena, mientras que en cada una de estas décadas o decenas rememoramos sucesivamente con meditación piadosa uno de los misterios de nuestra redención.” La misma lección para la Festividad del Santo Rosario nos cuenta que cuando la herejía albigense devastaba las tierras de Tolouse [Tolosa], Santo Domingo de Guzmán imploró fervientemente que Nuestra Señora lo socorriese y ella le ordenó “como afirma la tradición”, predicar el Rosario entre las gentes como un antídoto contra la herejía y el pecado. Desde esa época en adelante esta manera de rezar se ha tenido como “la más maravillosamente divulgada y desarrollada [promulgari augerique cœpit] por Santo Domingo a quien diferentes Sumos Pontífices en varios pasajes de sus cartas apostólicas han declarado como el instaurador y autor de dicha devoción.” Está fuera de duda que varios Papas lo hayan dicho así, y entre los demás tenemos una serie de encíclicas, desde 1883, promulgadas por el Papa León XIII, en las cuales muy encarecidamente se recomienda esta devoción a los fieles y da por sentado como un hecho histórico la institución del Rosario por parte de Santo Domingo de Guzmán. De los frutos más notables de esta devoción y fuente de extraordinarios favores para todo el mundo, como se ha creído piadosamente, a través de este medio, algo se escribirá en los encabezados FESTIVIDAD DEL ROSARIO y CONFRATERNIDADES DEL ROSARIO. Por el momento nos restringiremos a tratar la controversia acerca de la historia del Rosario, un asunto que ha atraído la atención de muchos, tanto a mediados del siglo XVIII como en años recientes. [Tomen en cuenta que esta enciclopedia se redactó a principios del siglo XX]

Comencemos con ciertos hechos indiscutibles. Es obviamente admisible que cuando una oración debe repetirse varias veces probablemente se emplee cierto mecanismo que permita llevar la cuenta de las veces, con más facilidad que el simple conteo con los dedos. En casi todas partes del mundo hemos encontrado objetos parecidos al rosario que denominaremos cuenta-rezos. Incluso en Nínive, se ha hallado una escultura que Layard en sus “Documentos” (I, placa 7) describe así: “Dos féminas aladas están de pie ante el árbol sagrado en una postura de oración. Elevan la mano derecha extendida y sostienen una guirnalda o rosario en la mano izquierda.” Sea como sea, es verídico que entre los mahometanos se tiene desde hace muchos siglos el Tasbith o cuerda de cuentas, que contiene 33, 66 o 99 cuentas y se utiliza para contar devotamente los nombres de Alá. Marco Polo, durante su visita al Rey de Malabar en el siglo XIII, encontró para su sorpresa que el monarca usaba un rosario de 104 (¿o 108?) piedras preciosas para llevar la cuenta de sus rezos. San Francisco Javier y sus acompañantes se asombraron de ver que los rosarios eran conocidísimos entre los budistas del Japón. Entre los monjes de la iglesia griega se menciona el kombologion, o komboschoinion, un cordel con 100 nudos que se usa para contar genuflexiones y señales de la cruz [persignaciones]. Similarmente, junto a la momia de un asceta cristiano, llamado “Thaias”, del siglo IV, desenterrada recientemente en Antinoë, se halló una especie de tablerito con agujeros, que se ha pensado que es un mecanismo para contar rezos. Paladio y otras autoridades pretéritas nos han legado un relato acerca de una modalidad mucho más antigua. Un tal Pablo el Ermitaño, del siglo IV, solía imponerse la tarea de repetir 300 oraciones, ya prefijadas, todos los días. Para ello, recolectaba 300 guijarros o piedritas las cuales aventaba por cada oración que terminaba. (Paladio, “Hist. Laus.”, xx; Butler, II, 63). Es probable que otros ascetas que contaban sus oraciones por cientos adoptasen un recurso similar. (Cf. “Vita S. Godrici”, cviii.) De hecho, cuando encontramos un privilegio papal dirigido a los monjes de San Apolinario en Classe, requiriéndoles, en agradecimiento por los beneficios papales, que rezaran 300 Kyrie eleison dos veces diarias (véase el privilegio de Adriano I, A.D 782, en Jaffe-Löwenfeld, n. 2437), uno infiere que se empleaba algún dispositivo de conteo para tal fin.

Sin embargo, se llevaba conteo de unas oraciones más relacionadas con el rosario que el Kyrie eleison. En fechas tempranas entre las órdenes monásticas se había establecido la práctica de no sólo ofrecer Misas sino también oraciones vocales [es decir, que se recitaran a viva voz, no en silencio] para interceder por los hermanos fallecidos. Para este propósito se exigía el rezo privado de los 150 salmos, o de la tercera parte, o sea 50. Nos hemos enterado de que ya en el año 800 A.D. del tratado entre Gall y Reichenau  (“Mon. Germ. Hist.: Confrat.”, Pier, 140) que por cada hermano fallecido todos los sacerdotes debían decir una Misa y también 50 salmos. Un estatuto de Kemble (Cod. Dipl., I, 290) ordena que cada monje ha de decir dos cincuentenas (twa fiftig) por las almas de ciertos benefactores, mientras cada sacerdote ha de decir dos Misas y cada diácono ha de leer dos Pasiones. Con el paso del tiempo, los conversi o hermanos seglares comenzaron a diferenciarse de los monjes, se percibió la necesidad de sustituir los salmos por una oración más corta ya que muchos de los hermanos seglares no sabían leer, por tanto no podían cumplir la orden de rezar los salmos, la cuales los hermanos más instruidos sí podían y debían. Por eso leemos en las “Antiguas costumbres de Cluny”, que recopiló Udalrio en 1096, que cuando se anunciaba la muerte de algún hermano a la distancia, cada sacerdote tenía que ofrecer una Misa y los demás decían 50 salmos o repetían el Padrenuestro 50 veces (“quicunque sacerdos est cantet missam por eo, et qui non est sacerdos quiquiginta psalmos aut totíes orationem dominicam”. P. L., CXLIX, 776). De la misma forma entre los caballeros templarios, cuya regla data del año 1128 más o menos, los caballeros que no podían estar en el servicio se les pedía que dijesen el padrenuestro 57 veces en total y al morir alguno de los hermanos, les tocaba a los demás repetir el padrenuestro 100 veces diarias por una semana.

Hay muchas razones para creer que ya en los siglos XI y XII se había presentado la práctica de usar piedritas, bayas, o aritos de hueso atados o enhebrados a un cordel para llevar la cuenta exacta de las oraciones. Se tiene certeza del caso en el que la condesa Godiva de Coventry (circa 1075) heredó a la escultura de Nuestra Señora de un monasterio en particular “un arillo de piedras preciosas las cuales había enhebrado a un cordel para que al pasar los dedos sobre ellas una tras otra llevase bien la cuenta de sus oraciones” (Malesbury, “Gesta Pont.”, Rolls Series 311). Otro ejemplo parece que se da en el caso de Santa Rosalía (A.D. 1160) en cuya tumba se encontraron cuerdas con cuentas parecidas a las descritas en el primer caso. Incluso es importante notar que esas cuerdas o cordeles se conocieron durante la Edad Media con el nombre de “Paternosters” –incluso en algunos idiomas aún se emplea este término- [tomen nota de que se trata de principios del siglo XX]. Hay abundante evidencia de ello proveniente de todas partes de Europa. Ya en el siglo XIII los fabricantes de los paternosters, denominados “paternostereros” formaron gremios de importancia considerable en casi todas partes. El “Livre des métriers” de Stephen Boyleau, por ejemplo, provee información muy completa con respecto a los 4 gremios de patenôtriers de París en 1268, mientras la “Paternoster Row” de Londres aún preserva el recuerdo de la calle en la que estos artesanos ingleses se reunían. Bien, obviamente se infiere que este instrumento llamado por muchos “paternoster”, o en latín fila de paternoster, numeralia de paternoster, etc. se empleaba por lo menos en un inicio para contar padresnuestros principalmente. Esta conclusión, la cual el Padre T. Esser, O.P. expusó e ilustró con mucha sapiencia, se certifica en la realidad histórica si recordamos que el Avemaría se popularizó apenas a mediados del siglo XII como fórmula de devoción. Así que es moralmente imposible que el arillo enjoyado de Lady Godiva se haya pretendido usar para contar Avesmarías. De allí que no hay duda de que los cordeles de cuentas se les llamaba “paternosters” porque por mucho tiempo se emplearon principalmente para contar las veces que se rezaban los padresnuestros.

Sin embargo, cuando comenzó a rezarse el Avemaría, se promovió el hábito de repetirlo varias veces sucesivamente, acompañando cada repetición con genuflexiones u otros gestos de reverencia, porque desde un principio se percibió que era una salutación en vez de una oración. Tal como sucede actualmente con las salvas de cañón [o cañonazos como saludos], o cuando se le aplaude a algún artista o intérprete, o las series de porras y hurras que los colegiales gritan en los eventos [tiene más sentido así que la versión original], el honor que se rinde con estas salutaciones se mide por la cantidad de las mismas y su duración como un todo. Además, ya que la recitación de los salmos divididos en cincuentenas era la forma favorita de devoción de los religiosos y la gente instruida, tal como lo corroboran innumerables documentos, así los sencillos y los atareados les agradaba sentir que imitaban la práctica de los siervos más exaltados de Dios al repetir 50, 100 o 150 Salutaciones a Nuestra Señora. En cualquier caso, hay certeza de que en el transcurso del siglo XII y antes del nacimiento de Santo Domingo de Guzmán, la práctica de rezar 50 o 150 Avesmarías se había vuelto muy popular. La evidencia más decisiva al respecto nos la proporcionan las leyendas o relatos de Nuestra Señora, las cuales gozaron de amplia circulación en esa época. La historia de Eulalia, en particular, de acuerdo a la cual un devoto de Nuestra Señora, quien solía rezar 150 Avesmarías, Nuestra Señora le pidió que rezara sólo 50, pero más lentamente, ha mostrado Mussafia que es irrebatiblemente de una fecha temprana (Marien-legenden, Pts I, II). No menos concluyente es el relato de san Alberto (falleció en 1140) que nos cuenta su biógrafo contemporáneo, en el cual nos dice: “100 veces al día él se arrodilla y 50 veces se postra al suelo luego se levanta cada vez con el impulso de los dedos de manos y pies, mientras repetía por cada genuflexión: “Ave María, llena de gracia, el señor es contigo, bendita eres entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre”.” Hasta esa línea llegaba el Avemaría que se rezaba en aquellos días, y el hecho de que la oración completa se anotase así no implica que la fórmula no se hubiera vuelto conocida ya en esa época. Es igual de notable el relato de una práctica devocional similar en el Corpus Christi MS de la regla de las anacoretas (Ancren Riwle, q.v.). Kölbing ha declarado que este texto se escribió a mediados del siglo XII (Englische Studien, 1885, p. 116) y es difícil que sea posterior al año 1200. El pasaje en cuestión da indicaciones de cómo deben rezarse 50 Avesmarías divididas en decenas a la vez que se realizan postraciones y otras reverencias. (Veáse “The Month” julio, 1903). Al hallar que dicha práctica se recomendaba a un grupito de anacoretas en un rincón de Inglaterra, veinte años antes de que llegaran los dominicos a ese país, se concluye fácilmente que el hábito o costumbre de rezar 50 o 150 Avesmarías se haya popularizado, independientemente o anteriormente a la predicación de Santo Domingo de Guzmán. Por otro lado, la práctica de meditar acerca de ciertos misterios ya definidos, los cuales se han descrito acertadamente como la propia esencia de la devoción del Rosario, parece que surgió mucho tiempo después de la muerte de Santo Domingo de Guzmán. Es difícil probar lo contrario, pero el padre T. Esser, O.P. (veáse en la publicación de Mainz “Der Katholik”, Oct., Nov., Dic., 1897) ha mostrado que la introducción de la meditación de misterios mientras se rezan las Avesmarías se ha atribuido atinadamente a cierto cartujo, Domingo el prusiano o Domingo de Prusia. En todo caso, se ha comprobado que a finales del siglo quince existía una amplísima variedad de métodos de meditación, y que los quince misterios reconocidos en la actualidad no se habían adoptado uniformemente ni siquiera entre los mismos dominicos. (Véase Schmitz, “Rosenkranzgebet”, p. 74; Esser en “Der Katholik” en 1904-6.) Para resumir, tenemos evidencia que confirma que el uso de las cuentas como mecanismo de conteo y la práctica de rezar 150 Avesmarías no las inventó Santo Domingo de Guzmán, porque ambas son por mucho más antiguas que él. Además, hemos asegurado que la meditación de los misterios surgió 200 años después de la muerte de Santo Domingo de Guzmán. Hay que preguntarse entonces: ¿qué evidencia existe que identifique a Santo Domingo de Guzmán como autor de dicha devoción?

Estos motivos para desconfiar de la tradición existente podrían en cierta medida desdeñarse por ser un detalle arqueológico, si hubiese algo que evidencie satisfactoriamente que Santo Domingo de Guzmán se haya identificado con el rosario preexistente para luego convertirse en su apóstol. Pero nos encontramos con un silencio absoluto. Entre las primeras ocho o nueve Vidas del santo no aparece siquiera la más remota alusión al Rosario. Los testigos que dieron evidencia en la causa de su canonización también son reticentes en este aspecto. En la gran colección de documentos que han acumulado los padres Balme y Ledalier, O.P., en su “Cartulario de Santo Domingo” se ignora asiduamente este asunto. Se han examinado las primeras constituciones de las diversas provincias de la Orden, y varias se han imprimido, pero nadie ha encontrado referencia alguna a esta devoción. [Hablando de quienes redactaron la enciclopedia] Tenemos cientos, incluso miles, de manuscritos que contienen tratados devocionales, sermones, crónicas, vidas de santos, etc., escritas por los Frailes Predicadores entre 1220 y 1450; pero aún no se ha producido algún pasaje verificable que diga que el Rosario lo haya instituido Santo Domingo de Guzmán o incluso que se diga que esta devoción la estiman grandemente sus niños [refiriéndose a los dominicos]. Tal como lo indica enfáticamente M. Jean Guiraud en su edición de El Cartulario de La Prouille (I, cccxxviii), los estatutos y otras actas de los conventos dominicos para hombres y mujeres nada dicen al respecto. Tampoco hallamos alguna sugerencia del nexo entre Santo Domingo de Guzmán y el Rosario en las pinturas y esculturas de estos dos siglos y medio. Incluso la tumba de Santo Domingo, ubicada en Bolonia y los innumerables frescos que pintó Fra Angelico en los cuales se representan a los hermanos de su Orden ignoran el Rosario completamente.

Impresionados por esta confabulación silenciosa, los bolandistas, al tratar de rastrear hasta sus inicios el origen de esta tradición vigente, descubrieron que todas las pistas convergían en un solo punto, las predicaciones del dominico Alano de la Rupe entre los años 1470-75. Él fue el primero que sugirió la idea de que la devoción del “Salterio de Nuestra Señora” (150 Avesmarías) la había instaurado o revivido Santo Domingo de Guzmán. Alano era un hombre devoto y muy determinado, pero, tal como lo reconocen las más altas autoridades, tenía muchos desvaríos, y basaba sus revelaciones con testimonios imaginarios de escritores que nunca existieron (véase Quétif y Echard, “Scriptores I.P.”, I, 849). No obstante, sus predicaciones contaban con mucho éxito. Las Confraternidades del Rosario, que él organizó junto a sus colegas de Douai [Francia], Colonia [Alemania], y otras partes tuvieron mucha aceptación, lo cual llevó a la impresión de muchos libros, todos llevaban impregnadas las ideas de Alano, unos más, otros menos. Se otorgaron indulgencias por el buen trabajo que así se lograba, y los documentos que concedían estas indulgencias, aceptaban y repetían, como era natural en esta época sin verificación de lo que se escribía en estos libros, los datos históricos que se habían originado de los escritos de Alano los cuales se presentaban de acuerdo a la usanza de los propios promotores de la confraternidad. Así fue desarrollándose la tradición del Rosario y su autoría dominica. Las primeras bulas papales hablaban de esta autoría con cierta reserva: “Prout in historiis legitur” dice León X en la primera bula de todas, “Pastoris æterni” de 1520; pero varios de los siguientes papas no se reservaron en este sentido.

Considérense dos cosas que respaldan la evaluación de la tradición del Rosario que acabamos de explicar. La primera es la invalidación paulatina de casi todas las pruebas destacadas con las cuales en algún momento se contó para hacer valer las afirmaciones acerca de Santo Domingo de Guzmán y el Rosario. Touron y Alban Butler recurrieron a las Memorias de un tal Luminosi de Aposa quien declaraba haber oído una prédica de Santo Domingo en Bolonia, pero desde hace mucho tiempo se ha comprobado que dichas Memorias son una falsificación. Danzas, Von Löe y otros le dieron mucha importancia a un fresco ubicado en Muret; pero el fresco ya no existe y hay buenas razones para creer que el rosario que se veía en dicho fresco lo pintaron posteriormente (“The Month” Feb. 1901, p. 179). Mamachi, Esser, Walsh, y Von Löe también citan algunos versos acerca de Santo Domingo de Guzmán y una corona de rosas, presuntamente contemporáneos al santo; pero el manuscrito original ha desaparecido, y se sabe que los escritores nombrados habían imprimido Dominicus donde Benoist, el único en haber visto el manuscrito, leyó Dominus. El famoso testamento de Anthony Sers, en el que se declaró dejar una herencia a la Confraternidad del Rosario de Palencia en 1221, el cual Mamachi propuso como una prueba definitiva; pero actualmente las autoridades dominicas han reconocido que es una falsificación (“The Irish Rosary”, enero, 1901, p. 92). Igualmente, una presunta referencia al asunto por parte de Thomas à Kempis en la “Crónica del Monte de Santa Inés” fue una equivocación (“The Month”, febrero, 1901, p. 187). Con ello tal vez se note el cambio de tono observado posteriormente en la autorización de las obras de referencia. En el “Krichliches Handlexicon” de Munich y la última edición de “Konversationslexicon” de Herder no hay intentos de defender la tradición la cual vincula al propio Santo Domingo con el origen del Rosario.

Hay que considerar también la variedad de leyendas relacionadas con el origen de esta devoción del Salterio de Nuestra Señora, varias se contradicen y ya no hay espacio acá para estudiarlas, las cuales predominaron hasta el siglo XV, así como la diversidad de formas de recitación. Esto hechos no apoyan la hipótesis de que tomó forma en una revelación exacta y que desde un principio se haya guardado celosamente por parte de una de las órdenes religiosas más doctas e influyentes. No hay duda de que la vasta difusión del Rosario y sus confraternidades en los tiempos modernos y la enorme influencia que ha tenido para bien se ha debido al trabajo y oraciones de los hijos de Santo Domingo de Guzmán, pero la evidencia histórica ha servido para mostrar claramente que su interés en el asunto se avivó solamente en los últimos años del siglo XV.

Que el Rosario es por mucho la oración popular adaptada para que la recen los sencillos y los cultos, se ha comprobado no sólo con la larga serie de declaraciones papales en las cuales se le ha encomendado a los fieles que la practiquen, sino también por la vivencia diaria de quienes se han familiarizado con ella. Aunque a menudo algunos objeten sus “vanas repeticiones”, estás críticas provienen de aquellos que no han logrado darse cuenta de que la esencia de la práctica devocional radica enteramente en la meditación de los misterios fundamentales de nuestra fe. Para los entendidos las palabras de la Salutación Angélica forman una especie de acompañamiento, una música de fondo comparable con el “Santo, Santo, Santo” de los coros celestiales y por lo tanto no carece de significado. Tampoco es necesario insistir que la crítica más irrestricta al origen histórico de la devoción, la cual en nada toca asuntos de fe, sea compatible con la apreciación completa de los tesoros devocionales que se consiguen con esta práctica piadosa al alcance de todos.

Con respecto al origen del nombre, la palabra rosarius significa guirnalda o ramillete de rosas, y frecuentemente se empleaba en sentido figurado –por ejemplo, en el título de un libro, para referirse a una antología o una colección de textos seleccionados. Una leyenda temprana que luego de haber circulado por toda Europa hasta llegar a Abisinia [la actual Etiopía] vincula este nombre [rosario] con una historia de Nuestra Señora, la cual relata que ella tomaba botones de rosa que salían de los labios de un joven monje cuando él recitaba las Avesmarías, para luego engarzarlos y armar una guirnalda que puso Nuestra Señora en su propia cabeza a modo de corona. Aún existe una versión métrica alemana de esta historia que data del siglo XIII. Se ha averiguado que de este mismo período proviene el nombre “Salterio de Nuestra Señora” Las palabras corona o guirnalda [chaplet es un sinónimo] también sugiere la misma idea que la palabra rosarium. Se ha hallado en Chaucer y otras partes la frase de inglés antiguo “a pair of beads” en la cual la palabra beads (q.v.) originalmente significaba rezos.

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Se han desarrollado muchas obras acerca de la devoción del Santo Rosario, pero desde una perspectiva histórica los libros más antiguos no se considera que se haya verificado lo escrito en ellos. Los mejores exponentes de manejo devocional y cauteloso de este tema son: ESSER, Unserer lieben Frauen Rosankraz (Paderbonr, 1889); CHÉRY, Théologie du Rosaire (Paris, 1869); PROCTOR, The Rosary Guide (Londres, 1901); DE BUSCHÈRE, Rosaire de Marie (Lille, 1901); MADRE LOYOLA, Hail Full of Grace (Londres, 1902); MESCHLER,Rosengarten u. L. Frauen (Friburgo, 1902); LEIKES, Rosa Aurea (Dülmen, 1886).

La discusión crítica acerca de la tradición del Rosario la llevó a cabo formalmente el bolandista CUYPERS en el Acta Sanctorum del 4 de agosto. En la época actual la han continuado THURSTON en The Month (desde octubre de 1900 hasta abril 1901; septiembre 1902; julio 1903; mayo y junio 1908, etc.); y HOLZAPFEL, S. Dominikus und der Rosenkranz (Munich, 1903). Se han hecho contribuciones muy valiosas sobre este asunto por parte de ESSER, Zur Archäologie der Parternoster-Schnuer, en Compte rendu del Congreso Católico Internacional (Friburgo, 1897); IDEM en Der Katholik (Mainz, octubre, noviembre y diciembre 1897), y también en una serie de artículos que aparecieron a intervalos en el mismo periódico entre 1904 a 1906. Hay un ensayo histórico muy importante de SCHMITZ, Das Rosenkranzgebet in 15. und in Anfange des 16. Jahrhunderts (Friburgo, 1903). Véase también BEISSEL en Geschichte der Verehrung Marias in Deutschland während des Mittelalters (Friburgo, 1909). Las contestaciones a las opiniones adversas a la tradición del Rosario las han formulado MAMACHI, Annales Ord. Prædicatorum, I (Roma, 1756), 317-44, DANZAS, Etudes sur les temps primitifs, IV (París, 1864), 363 sq.; WALSH en The Irish Rosary (Dublín, desde diciembre 1900 hasta julio 1901). Los principales documentos papales vinculados con el Rosario los encontrarán en Acta S. Sedis… pro Societate SS. Rosarii (4 volúmenes, Lyons, 1891).

Escrito originalmente por HERBERT THURSTON.

Traducido al español por rosariofatima.wordpress.com

Catholic-Encyclopedia-First-Edition-Volume-13, el rosario-1

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